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Artículo sobre el khat en el cuerno de África

La ruta del khat

POR MALCOLM OTERO BARRAL
La consumen a diario el 80% de los hombres en zonas de Etiopía, Yemen y Somalia, que con ella sobrellevan sus vidas de penuria. Es una planta estimulante que en buena medida mantiene la economía de una de las zonas más depauperadas del mundo.

Imágenes televisivas de Yemen. La mayoría de los hombres mascan algo inmenso que casi les desfigura la cara. Es el khat, una planta estimulante prohibida en casi todos los países pero que está permitida en lugares como Etiopía, Yemen o Somalia. Una droga que, en algunas zonas, la consumen a diario el 80% de la población masculina.
Lo primero que me viene a la cabeza es que debe de parecerse a la planta de coca. Los países consumidores, tanto en la península arábiga como en el cuerno de África, sufren condiciones climáticas muy extremas y es lógico pensar que el khat es un producto de fácil acceso que ayuda a soportarlas. Pero no tienen ningún parecido químico. El khat contiene unos potentes alcaloides psicotrópicos y es más parecido a la anfetamina. Aunque casi desconocido en países occidentales, es ilegal en Estados Unidos y Europa con la excepción del Reino Unido, cuyos ciudadanos –sobre todo los de origen somalí, etíope o eritreo– pueden mascar khat sin restricciones legales.

Las facultades eróticas 
Es también un problema social que preocupa a los gobiernos de los países de mayor consumo: los jóvenes están cada vez más enganchados y el hábito se extiende entre las mujeres. Sin embargo, en el caso de Etiopía la exportación de esta planta es una de las principales fuentes de divisas y es indispensable para el equilibrio de su frágil economía.
Llego al aeropuerto de Dire Dawa, la segunda ciudad de Etiopía, donde me espera Abdul Ahmed, que me guiará por el cultivo y los secretos del khat en una de las zonas de mayor producción del país. Él consumió durante años, pero como no dormía por las noches su rendimiento diurno se resentía y, en consecuencia, la economía familiar. También mermaba sus facultades eróticas, «sobre todo el khat más rojizo». Comenta sin dramatizar que «muchas familias se lo dan a sus hijos para que estudien mejor», aunque él «jamás» se lo ha dado a los suyos, puntualiza serio.
A menos de una hora en coche de la agitación y del calor asfixiante de Dire Dawa empezamos a ver colinas de arbustos verdes de khat. «Antes estas plantaciones eran de café pero la caída del precio en los mercados y el aumento del consumo de khat hizo que los agricultores cambiaran de cultivo. El khat es mucho más rentable».Aparcamos en la cuneta y nos adentramos entre los arbustos. En seguida nos increpa una voz en amárico, lengua oficial de Etiopía, y aparece un hombre con una pequeña hoz y sus dos hijos. Se llama Jamal Musa y, tras las explicaciones de Abdul, me ofrece todo un cursillo de recolección. Según parece, su plantación es de muy buena calidad y puede vender un kilo por 800 birrs (unos 24 euros) en el mercado de Aweday que está a apenas media hora.
El mercado es un lugar bullicioso y colorido con tránsito permanente de gente cargada con fardos de ramas de khat, y de mujeres y hombres vendiendo sobre una alfombra de hojas verdes en medio de la calle. Las transacciones son rápidas, apenas hay negociación. El precio oscila entre 500 y 800 birrs. Abdul explica que la mañana es para el mercado interno y, cuando anochece, hay otro turno para exportarlo en avión a diferentes ciudades. El khat se consume fresco, por lo que su suministro debe ser diario.
Una vez en Harar, ciudad amurallada en la que vivió Arthur Rimbaud durante una década, compruebo que algunos hombres se reúnen en una suerte de tiendas precarias para beber té y mascar. El khat les mantiene despiertos y hace fluir la conversación. Se les ve de buen humor y despabilados aunque Murad, el más joven de todos, confiesa que llevan allí más de cuatro horas tumbados o sentados entre tallos defoliados de khat.
De vuelta en el mercado de Aweday, el espectáculo vespertino es si cabe mayor. Decenas de camiones y de coches van y vienen repletos de khat. Es casi imposible moverse y los hombres cargados me arrollan a su paso. Hay menos mujeres que por la mañana y me doy cuenta de que no necesitan pesarlo. Lo calculan por su volumen y lo cierto es que los haces son casi del mismo tamaño.
Asad es lo más parecido a un broker en este mercado. Me dice que cada noche salen unas cinco toneladas con destino a los aviones de carga. Hay varias compañías pero él trabaja sobre todo con Suhura Airways, que lo transporta a la Somalia etíope, a Yibuti e incluso al mayor enemigo del país, Somalia, con el que Etiopía ha estado recurrentemente en conflicto por la disputada zona del Ogadén.
Justo esa zona de conflicto es una de las de mayor consumo masivo y vuelo a Gode, uno de los aeropuertos más remotos del país en la región Somalí. Es un lugar desértico e inhóspito que recibe los azotes de la hambruna y que sufre la tensión de las armas tanto con la vecina Somalia y los islamistas radicales de Al-Shabab como con los grupos independentistas (o irredentistas) que quieren formar parte del país vecino. Nada más llegar salta a la vista que tanto el grupo étnico como la lengua han cambiado. Todos son somalís y musulmanes. No hay ningún otro blanco y nuestra piel pálida (la mía y la del experto en África, Miquel Ribas) contrasta mucho más que en Dire Dawa. Son altos, delgados, más oscuros y no están habituados a recibir visitas.


Incompatible con madrugar 
La búsqueda de un lugar donde dormir, un coche y un conductor es más compleja de lo esperado. Al fin conseguimos un cuartucho sin agua ni electricidad, un desvencijado todoterreno y que Abdullah nos haga de guía y traductor. Es sábado y el pueblo rezuma cierta calma tensa; hombres reunidos y alguna mujer solitaria con niqab . Hay poco movimiento y solo se aprecia cierta batahola en una choza. Es la tienda del khat. Todos compran un ramillete por el que pagan 100 birrs. Abdullah también compra uno para acompañarnos al desierto. Confiesa que solo compra los fines de semana porque para su trabajo necesita madrugar y eso es incompatible con los efectos del khat. Gana unos 3.000 birrs y los meses que masca poco consume 800 en khat, un 25% de sus ingresos.
En el desierto nos encontramos con unos camelleros y Abdullah negocia que podamos ir a su aldea. Está junto al río Shabelle, que concentra en su ribera la escasa vegetación de esta parte del Ogadén. Es un poblado muy humilde hecho con ramas secas y que parece el esqueleto de un campamento. Telas y pieles cubren las mejores chozas. Según parece, las jóvenes vigilan las cabras y los camellos son cosa de hombres. O de niños; muchos pastores no superan los 12 años. Algunos no habían visto nunca a un blanco y nos observan con asombro. Hay cierto alboroto entre los más mozos por nuestra presencia y quieren demostrarnos cómo nadan en el río aunque hay cocodrilos.


Policías nada cordiales 
Abdir, el más anciano, también se acerca y nos explica que los hombres pasan el día lejos de las mujeres y de los niños pequeños, y que cada esposa tiene su cabaña; si un hombre tiene dos esposas, debe proveer a cada una con una choza independiente. Cuando le preguntamos por el khat, no duda: «Es mucho mejor que el alcohol y lo permite la ley de Mahoma».
De vuelta a Gode, las autoridades nos retienen toda la noche y nos interrogan. Decenas de veces las mismas preguntas: «¿Qué hacen aquí, para quién trabajan, con quién han hablado?». Son educados pero nada cordiales. Ya en el 2008 habían expulsado de esta región a muchos cooperantes. Además de no poder garantizar la seguridad de los extranjeros, no quieren intrusos haciendo preguntas y observando posibles movimientos militares. Nos someten a varios interrogatorios; les parece inverosímil que haya turistas en una de las zonas más peligrosas del planeta y, tras prohibirnos hacer fotos, nos llevan en el coche policial al aeropuerto.
Mientras esperamos instrucciones de la policía, veo llegar un avión de Suhura Airways. Es el cargamento diario de khat que llega cada mañana desde Dire Dawa. De manera irreflexiva, hago una foto del avión aunque, afortunadamente, mi imprudencia pasa inadvertida y nos llevan a un cuartito para interrogarnos de nuevo. Justo antes de escoltarnos al avión, me registran por enésima vez y pienso que no me sorprende que una población que carece de agua corriente y disfruta tan solo de unas pocas horas de electricidad al día tenga un vuelo de carga con frecuencia diaria. Y que no traiga alimentos ni herramientas. Solo khat. Definitivamente es una droga y un negocio muy lucrativo.